Estar pegado a la tecnología es la nueva pobreza, pobreza urbana. Y no
hablo de pobreza figurativa, que podría, porque estar conectado todo el
día todos los días tiene mucho de miserable. Hablo de penurias reales.
No todo el mundo tiene plata para gastar en viajes y objetos suntuosos,
pero todos buscamos la forma de pagar un televisor a cuotas, un iPhone,
un computador portátil. Y claro, como nos costó conseguirlos, les
sacamos jugo; nos pasamos pegados a ellos.
Los lujos del pobre ya no son tirarse en el pasto o sentarse a hablar
sino pasarse la vida en redes sociales, pegado a un chat. Se ha vuelto
tan necesario que hasta los vendedores ambulantes tienen BlackBerry. En
la vida nos la pasamos atentos al celular con full navegación, tuiteando
mientras vemos realities y actualizando los estados de Facebook porque
nos resulta más barato que irnos a tierra caliente de fin de semana.
Y de la pobreza física pasamos a la de espíritu. Gastamos los días
hábiles frente al computador de la oficina para llegar a casa a ver
porno y enterarnos de qué ha pasado en redes sociales. Una amiga me dijo
que le había cogido fobia al suyo, que llevaba meses sin prenderlo. Yo
era así. De hecho, antes no tenía computador y no me hacía falta; salía
del trabajo y me dedicaba a otras cosas. Hoy ni lo considero; de hecho,
me llevo el computador a los viajes de descanso. Creo estar convencido
de que lo hago por gusto, pero qué va, se trata en realidad de una
esclavitud horrible.